EL CUARTO
Si el cuarto fuera sólo mío, ya habría terminado de recogerlo. Si tuviera visitas seguido estaría siempre recogido, pero ninguno de los dos es el caso. No es que sea una jungla, no, de hecho si llegase alguien ahora sólo necesitaría tender la cama, aventar lo que está en el piso en una caja y listo. Pero por eso no puedo recoger el cuarto del todo, esas cosas que están en el piso no tienen lugar, no tienen cajón, no tienen librero y no hay espacio para otorgarles, son como fantasmas, son pequeños fantasmas que me acosan pero que no me puedo ni me quiero deshacer de ellos.
Tiré muchas cosas que no necesitaba, regalé otras, aún así no hay espacio, me sofoco, me ahogo. En su mayoría el piso tiene libros. No me atrevo a tirar libros, ya lo hice una vez y los que me quedan son esenciales, los leídos, los releídos y los que ahora me niego a leer pero sé que luego tendré la edad o el humor de leerlos. ¿Qué hago sino caminar con cuidado en mi propia recámara como si estuviese en un campo minado?
Como no puedo barrer todo se cubre de polvo y cabellos, las cosas del piso son cadáveres de parientes viejos que me pesan, viejitos polvosos que tosen un poco cuando los levanto en brazos. Hay vida, pero no completa. Hay muerte, pero no está muerta. Me puse a sacudir por encima los libreros dejando al corazón de los libros empolvarse.
Y como hoy es sábado, una tira para los flojos: